Archive for the ‘Letras’ Category

No temas ¡sólo es Internet!

Desde corresponsales de guerra hasta editores perseguidos por razones ideológicas, el periodismo es un oficio que le ha puesto el pecho a todo tipo de paradas.

Internet no cuenta con grupos de tareas ni apunta con misiles detectores del calor humano, sus armas son más sutiles. Es un sistema global de autopistas que eslabona servidores interconectados por donde circula la información localizada en los sitios web. Su presencia es omnímoda y su existencia es mutante. Hoy la Web 2.0 con sus redes sociales suben al escenario de la cultura al “prosumidor” de medios. De esto se trata el nuevo soporte para dar a conocer la producción simbólica de la sociedad.

Los productos culturales digitalizados y alojados en bibliotecas virtuales invitan a los internautas a saltar de un archivo a otro en una suerte de vertiginoso zapping virtual. El uso de filtros ubicados en los buscadores brinda un descanso a estos saltarines, aunque no el suficiente. La puesta online de un hipertexto con los links adecuados permite conocer una flamante obra musical, ver a su autor y escuchar la composición simultáneamente; y dirigirse hacia otras fuentes relacionadas con la noticia cuando el lector así lo disponga. Sin olvidar que una atrapante nota cultural exige de un excelente tratamiento de la palabra y no está exenta de la edición y el corte propios de una redacción, las ediciones online pueden difundir una novedad cultural rápidamente y mantenerla en el sitio el tiempo necesario para ser leída y comentada posteriormente por los cibernautas. Texto, imagen y sonido en una publicación digital compiten con ventaja ante los tradicionales medios gráficos, la radio y la TV.

Pero no todo es color de rosa: el acceso global sin exclusiones a la red; la ética periodística puesta en juego ante la información convertida en un trabajo colectivo desde las redes sociales; y la convergencia de medios junto a la concentración económica que expulsa mano de obra y achica las posibilidades del lector, son algunos de los problemas aún no resueltos en la nueva era. A los que se suman la necesaria formación tecnológica en el oficio, la relación con un público heterogéneo compuesto por nativos y migrantes digitales y el destino de los derechos de propiedad intelectual sobre los trabajos publicados, entre otros.

Por último, cabe distinguir entre la información cuyo formato y estilo no difieren en su edición gráfica y digital, y aquella que es diseñada específicamente para la red. En el segundo de los casos, la web requiere de una escritura y una estética a su medida. La creación de un estilo para la red es un contenido de la cultura que emerge con la era digital. Una nota referida a los nuevos estilos de redacción no es otra cosa que un acápite de los nuevos cánones que vienen a legitimar lo que es cultura en el modelo comunicacional dominante. La web como todo lo nuevo, trae consigo reglas que, a veces, ayudan a mejorar.

Por lo tanto periodista: -No temas ¡sólo es Internet!

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La genuflexión literaria en EEUU

Un ejemplo de imitación creativa: ante la falta de identidad de sus escritores el país importó esnobismo anglosajón durante los años veinte. La visión del rústico pionero del benchmarking literario. 

¡Harold Ross! Salvo el personal del New Yorker, casi nadie recuerda qué personaje tan carismático fue el fundador y director de la revista. Sin embargo, en su libro The Years with Ross, James Thurber cuenta una anécdota que lo demuestra. Aproximadamente un año después de la muerte de Ross, el New Yorker organizó una fiesta en honor de los redactores del Punch; un par de semanas después, comentando la fiesta con Rowland Emmett, del Punch, Thurber le dijo que era una pena que no hubiera conocido a Ross.

 -¡Claro que lo conocí! -respondió Emmett. Estaba en todas partes. Nadie hablaba de otra cosa.

 Ross era de Colorado. Empezó a alternar con hombres de letras en París después de la Primera Guerra Mundial. Luego se trasladó a Nueva York y entró en el mundo literario con la postura patosa y contracorriente de un intelectual de las Rocosas. Malhumorado, explosivo, ingenuo, adolecía de muchas lagunas en temas literarios y artísticos. Todo lo disimulaba parcialmente la naturaleza de su sofisticación. Hacía gala de cierto refinamiento inglés. Para Ross la sofisticación no se reducía al conocimiento de la cultura y la moda, sino que requería un rechazo de excesos, incluidos los literarios y artísticos. No quería que se publicara nada demasiado cerebral o kantiano, ni demasiado bohemio, pretencioso o serio. Temía causar la impresión de que alguien se estrujaba los sesos para hacer alarde de cultura, o quería su corazón y exudaba sentimentalismo. Una postura muy inglesa.

 Ross fundó el New Yorker en 1925 y a pesar de la Gran Depresión fue un auténtico bombazo. ¡Sofisticación en Estados Unidos! En los años veinte la intelligentsia de Nueva York todavía se sentía colonia. Igual que aquellos magnates rusos que estaban obsesionados por la cultura francesa, en Nueva York el modelo era la cultura inglesa. Puede que Ross conservara un montón de excentricidades lingüísticas de Colorado, pero el New Yorker nunca llegó a ser nada más que una copia servil del Punch. Pese a ello, los literatos estadounidenses se engancharon a la revista como si estuvieran muertos de sed. El New Yorker fue primero profusamente elogiado y después prácticamente canonizado.

 El mundillo literario jamás había aclamado de esa manera a una revista estadounidense. Naturalmente, era difícil revisar la trayectoria de los escritores del New Yorker -Thurber, White, Benchley, Gibbs, Parker, Liebling- y encontrar una obra importante. ¿Qué habían hecho para situarse a la altura de Hemingway, Fitzgerald, Dos Passos, Steinbeck o Nathanael West? La gente que no entiende nada cree que los escritores del New Yorker derrochaban su talento para encajar en el viejo molde de Ross. Pero ¿qué es eso de las obras importantes? ¡Qué más da! A Ross jamás le importó. Habían cumplido el objetivo que él les había impuesto. Sofisticación anglosajona. Excelente ¡Pequeños gigantes!

(Trabajo realizado sobre el libro Periodismo Canalla de Tom Wolfe, al cual pertenece el presente texto)

RECUERDOS DE GARCILASO

Nublados recuerdos me acosan de aquellas sangrientas jornadas. Empiezan las palabras a evocar lugares y tiempos del dominio Incaico y de cómo sus hostiles vecinos, desprovistos de cuanto rasgo de humanidad conociera, impedían la unificación del imperio de mi señor Viracocha.

Y no se ofrece otra cosa que contar hasta la provincia llamada Chucurpu, la cual era poblada de gente belicosa, bárbara y áspera de condición y de malas costumbres, y conforme a ellas adoraban a un tigre por su ferocidad y braveza. Con esta nación, por ser tan feroz, y que, como bárbaros, se preciaban de no admitir razón alguna, tuvo el Inca Cápac Yupanqui algunos recuentros en que murieron de ambas partes más de cuatro mil indios.

Escuchamos un lejano rebramido de los ciervos espantados por la presencia de los salvajes. Dignas bestias destinadas al infierno eran  repudiadas y temidas por otras especies del reino animal. El canto de los gallos era el preludio de nuestro grito de guerra.

En cada instante previo al encuentro con las fieras mi cuerpo sufría en temblores la zozobra por lo desconocido. Miraba las profundidades de la quebrada con el horror que inspira el devenir esquivo, dirigía entonces mi visión hacia las alturas hasta encontrarme en el norte con las alas desplegadas del cóndor calculando  con fiereza su arremetida contra el enemigo despreciable.

La sangre de Pachacutec hervía en el imponente cuerpo de nuestro Cápac Yupanqui. Su paso firme al revistar sus guerreros me daba la seguridad que mi espíritu no encontraba.

La estirpe de Manco Capac nos empujaba hacia la victoria. Y así fue. Caímos sobre los chocorbos guiados por el bravo hermano de Pachacutec. No pude desplegar mis armas. Fui herido gravemente al iniciarse la batalla. Pero mi llaga más dolorosa se afincó en mi memoria, en el recuerdo de mis hermanos muertos por el metal de sus propios hermanos. Metal que mi pusilanimidad no me permitió esgrimir.

Las provincias del norte cuzqueño fueron anexadas al imperio de mi Señor en un gesto anticipado de gratitud y reconocimiento a la gracia divina empuñada por la espada de los conquistadores de estas tierras.

Permitió Dios nuestro Señor que de los salvajes saliese un lucero del alba que en aquellas oscurísimas tinieblas les diese alguna noticia de la ley natural y de la urbanidad y respetos que los hombres debían tenerse unos a otros.

Y fue la luz, y fue el encuentro, y fue la entrega, la traición, el engaño y la ignominia que, desembarcados junto a aquellos hombres barbados, hicieron de estos señoríos, nuevos caminos para los pies del evangelizador.

(Microerrelato ficcional realizado para el Módulo 2 del curso “Literatura y Medios: puente entre lo analógico y lo digital” impartido por Educar, República Argentina)