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La genuflexión literaria en EEUU

Un ejemplo de imitación creativa: ante la falta de identidad de sus escritores el país importó esnobismo anglosajón durante los años veinte. La visión del rústico pionero del benchmarking literario. 

¡Harold Ross! Salvo el personal del New Yorker, casi nadie recuerda qué personaje tan carismático fue el fundador y director de la revista. Sin embargo, en su libro The Years with Ross, James Thurber cuenta una anécdota que lo demuestra. Aproximadamente un año después de la muerte de Ross, el New Yorker organizó una fiesta en honor de los redactores del Punch; un par de semanas después, comentando la fiesta con Rowland Emmett, del Punch, Thurber le dijo que era una pena que no hubiera conocido a Ross.

 -¡Claro que lo conocí! -respondió Emmett. Estaba en todas partes. Nadie hablaba de otra cosa.

 Ross era de Colorado. Empezó a alternar con hombres de letras en París después de la Primera Guerra Mundial. Luego se trasladó a Nueva York y entró en el mundo literario con la postura patosa y contracorriente de un intelectual de las Rocosas. Malhumorado, explosivo, ingenuo, adolecía de muchas lagunas en temas literarios y artísticos. Todo lo disimulaba parcialmente la naturaleza de su sofisticación. Hacía gala de cierto refinamiento inglés. Para Ross la sofisticación no se reducía al conocimiento de la cultura y la moda, sino que requería un rechazo de excesos, incluidos los literarios y artísticos. No quería que se publicara nada demasiado cerebral o kantiano, ni demasiado bohemio, pretencioso o serio. Temía causar la impresión de que alguien se estrujaba los sesos para hacer alarde de cultura, o quería su corazón y exudaba sentimentalismo. Una postura muy inglesa.

 Ross fundó el New Yorker en 1925 y a pesar de la Gran Depresión fue un auténtico bombazo. ¡Sofisticación en Estados Unidos! En los años veinte la intelligentsia de Nueva York todavía se sentía colonia. Igual que aquellos magnates rusos que estaban obsesionados por la cultura francesa, en Nueva York el modelo era la cultura inglesa. Puede que Ross conservara un montón de excentricidades lingüísticas de Colorado, pero el New Yorker nunca llegó a ser nada más que una copia servil del Punch. Pese a ello, los literatos estadounidenses se engancharon a la revista como si estuvieran muertos de sed. El New Yorker fue primero profusamente elogiado y después prácticamente canonizado.

 El mundillo literario jamás había aclamado de esa manera a una revista estadounidense. Naturalmente, era difícil revisar la trayectoria de los escritores del New Yorker -Thurber, White, Benchley, Gibbs, Parker, Liebling- y encontrar una obra importante. ¿Qué habían hecho para situarse a la altura de Hemingway, Fitzgerald, Dos Passos, Steinbeck o Nathanael West? La gente que no entiende nada cree que los escritores del New Yorker derrochaban su talento para encajar en el viejo molde de Ross. Pero ¿qué es eso de las obras importantes? ¡Qué más da! A Ross jamás le importó. Habían cumplido el objetivo que él les había impuesto. Sofisticación anglosajona. Excelente ¡Pequeños gigantes!

(Trabajo realizado sobre el libro Periodismo Canalla de Tom Wolfe, al cual pertenece el presente texto)

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